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Caricias distraídas

 Caricias distraídas. Esas que, mientras lees y te integras en la historia de un libro, haces sin ser del todo consciente, en las que una mano recorre insistente un mismo trozo de piel, o la tela que la recubre. Esas caricias que, si te preguntan, ni siquiera sabes que estaba otorgando, movimientos mecánicos que nos relajan, que han pasado al inconsciente.

Como quien, al dar un abrazo, frota una y otra vez con ímpetu la espalda de la persona que lo recibe.
Esas caricias que no percibimos del todo, pero que nos faltan y dejan un hueco enorme en el mismo momento en que dejamos de recibirlas. Cuando la otra persona se mueve, cambia de postura, o simplemente se detiene.

Ese vaivén de su mano deja de acompañarnos y notamos frío en esa que antes pulía. Percibimos también otro frío, más difícil de concretar, en el interior. Ese gesto de cariño, ese cuidado despreocupado que recibíamos, esa cantidad de complejidades que se transmite con una caricia: estoy aquí, me importas, te tengo cerca, hay complicidad, nos rodea el relax, tenemos conexión aunque otros mundos nos absorban en esos momentos...

Esas caricias distraídas, como cables a tierra, que nos dejan sin red cuando desaparecen.

Lista de cosas hechas que dije que nunca haría

 Los "yo nunca" son traicioneros. 

Los absolutos se vuelven en nuestra contra con una rapidez asombrosa. Y tenemos que desdecirnos, inventar razones que puedan justificar esos volantazos, que de algún modo expliquen por qué nos aventuramos por sendas que intentábamos evitar.


Nunca perdonaré una traición.

Nunca desayunaría huevos.

Nunca hablaré con alguien a puerta fría, sin tener opciones de éxito.

Nunca volveré a esa ciudad.

Nunca olvidaré este día.

Nunca daré mi brazo a torcer.

Nunca trabajaré en algo monótono y de "oficina".

Nunca me alejaré de mi gente.

Nunca beberé agua con gas. Es repugnante.

Nunca haré la misma locura.

Nunca creeré lo cierta gente diga.

Nunca volveré a disfrutar tanto.

Nunca dejaré de responder ciertas llamadas.

Nunca tiraré entradas antiguas.

Nunca me será indiferente recopilar recuerdos.


Son muchos nunca. Todos ellos se han convertido en, como mínimo, una primera vez. Algunos, en tantas, que ya no se cuentan. La lista es más extensa. 


Y sigue ampliándose.

Miradas

Complicidad. Entenderse con una mirada. Saber lo que piensas. Reírse con las mismas bromas. Intuir frases y oraciones enteras detrás de un monosílabo.

Complicidad. Saber cuándo es mejor callar. Cuando la mecha está tan avivada que es mejor retirarse, antes de que todo estalle. Oír el rechinar de unos dientes viendo solo cómo se aprieta la mandíbula.

Complicidad. Bromas, de nuevo, historias repetidas hasta la saciedad. Completar los detalles cuando al otro le falla la memoria, responder preguntas que no llegan a ser formuladas.


Leer silencios. Interpretar entonaciones. Respetar, aunque no haya comprensión, aunque no se comparta. Hecha de tanto positivo, como también negativo. Saber que no solo son risas. Que también es dejar que las lágrimas fluyan sin fin, sin decir nada.  


Estar. Entender. Esperar. Y también abandonar.

 

Dos caras

Han pasado los años, ya contamos por decenas. Creemos que no hemos cambiado, al menos físicamente, aunque sabemos que nuestros rasgos se han ido desdibujando.

Tenemos canción propia, nuestra banda sonora particular, aunque después nuestros gustos musicales son dispares y no suelen coincidir.

Fuimos de vodka, de cócteles con frutas, de mezclas variadas, hasta descubrir los gin tonic. Los de verdad, los premium. Saltándonos varias fases de la escalada de ir refinando gustos. Ahora un medidor nos parece algo imprescindible.

Hemos seguido caminos distintos. Nunca llegamos a compartir ciudad, nos han separado países.

Ha habido cartas, de las antiguas, manuscritas y con sellos.(Sobre)vivimos a la época en la que no existían los móviles, en las que quedábamos sin más a una hora. Y apareceríamos.

Hay frases míticas que hemos ido recopilando, propias y ajenas.

Algunos (bastantes) "yo nunca", que nos hemos tenido que tragar.

Sueños de una casa junto al mar.

Productos ecológicos. Tés. Intercambio de recetas. De cremas. De ropa. De libros. De más libros.

Celebraciones por resistir 3 minutos en una cinta de gimnasio. Evolución hasta llegar a correr.

Épocas de hastío. Días autistas.

Sentirse incomprendidos. Pensar que el mundo es muy extraño. Que el resto no entiende normas básicas. Que os hemos perdido alguna clase de cómo gestionar la complejidad.

Desayuno como primera opción. Por encima de cenas.

Caras de póker que son un libro totalmente abierto.

Ser racional o ser visceral. Intercambiarnos los roles y que ya no se sepa quién es quién. Paciencia y aguante frente a actividad e impaciencia.

Una vida. Y la que queda.

 

Apuntando

Apunta tres cosas cada día que te hayan hecho feliz.
Búscalas.
Esfuérzate en recordar.
Intenta ver qué ha habido positivo.
A lo largo del tiempo, te hará sentir mejor.

Tenemos posiblemente mucho. Tengo mucho. Desconozco cómo lo hace el resto; sé que yo tiendo a centrarme en ese "pero" que me falta. En esa carencia que magnifico y que ensombrece todo el resto. La razón analiza que la balanza se inclina con mucho del lado positivo y las sensaciones se rebelan y hacen que esa chinita ocupe el espacio de una montaña.



La sensación de haber descansado. 

Una propuesta para escalar.
Una (video) llamada como respuesta a una felicitación.
Un dorsal para una maratón casera.
Un café con leche rico.
Rico de verdad.
Tachar una tarea de la lista.
Pensar en leer de nuevo.
Pasear.
Una vocecilla deseándome suerte para un examen.
Piececillos que no me dejan dormir en toda la noche.






Habrá más. Muchísimas más. Las que doy por sentado y no valoro porque considero que es lo normal, cuando no lo es. Aquello de lo que nunca carecí.


Siempre hay algún momento que roba una sonrisa.... o el inicio de una. El caso es que se olvida demasiado rápido.




Releer(se)

Antes de terminar la adolescencia dejé de escribir diarios. En realidad, los recuerdos de esa época son difusos y no sé si de verdad plasmaba en papel lo que pensaba. En este momento, me gustaría poder abrir esa ventana, releer lo que escribí, acercarme a lo que fui o intentar recordar.

El tiempo me traiciona, diluye sensaciones, recuerdos, anécdotas. Se vuelven difusas, solo algunas permanecen bien ancladas e, incluso esas, no sé si ya las he ido modulando. Tal vez el modo en que las cuento ahora nada tiene que ver con cómo fueron. Los bordes palidecen.

Sigo escribiendo. Ya no es un relato de mi día a día. Son apuntes, notas, deseos o ideas. Inconexos entre sí, pero que forman un todo en las libretas que atesoro. Sigo prefiriendo bolígrafo y papel de verdad para apuntar.

La satisfacción de ir tachando elementos de una lista.

De cualquier lista. Tengo demasiadas. Las rehago, las cambio, las amplío y las recorto. Las cambio de páginas, comienzo de cero varias veces.

A veces no son listas. Son párrafos, intenciones. Propósitos teóricamente a mi alcance. Retos, sueños. Todo revuelto como en un mercadillo.

Cuando necesito reenfocar, cuando tengo que recordar de forma consciente qué y para qué. Cuando percibo que un papel es la mejor forma de vaciar la cabeza, echo un vistazo. Planeo el futuro, dibujo nuevos caminos. Y me releo.

Miro qué había trazado semanas o meses atrás. A menudo me sorprendo: ahí hay ya ideas que siguen queriendo salir. Es como una falsa reafirmación, como si eso ratificase que sé qué deseo. La sorpresa, no obstante, procede más de no recordar haberlo pensado ya. No tener registrado ese apunte, que no me conste esa reflexión.

Releer(me) también me da cierto sentido de evolución, aunque no sepa si hacia delante, o hacia atrás. Deseos que había olvidado y que de pronto puedo tachar, porque ya son pasado, son logros alcanzados. Propósitos que nunca van a desaparecer y son reproches silenciosos.

Unos y otros cumplen su función. Y son testigos de que hay movimiento.


Música

Un mp3 de baja calidad comprado hace cinco años, el más barato de la tienda.No tiene Bluetooth, ha caído por error varias veces en agua, al apretar las teclas no siempre responden de la forma que se espera. Presiono "Volumen" y, en realidad, avanza a la siguiente canción. Me he habituado a manipularlo lo menos posible.

Tiene un cable de carga y de teórica conexión para intercambio de datos. No recuerdo la última vez que funcionó. Sirve para revivir la batería interna. Es imposible introducir nuevos archivos.

Contiene 155 canciones. Era la banda sonora que acompañó mis primeros intentos de correr, la que sonaba a un decibelios exagerados en mis oídos mientras intentaba no hacerle caso a mi corazón desbocado y a las piernas que me pedían parar.

Sigue siendo mi banda sonora. Sigo usando el mismo mp3, sigo oyendo en bucle las mismas canciones en mis salidas por asfalto, por monte, por donde sea. Sigo escuchándolas mientras participo en carreras. No me aburren, no las aprecio ya casi. Son mi banda sonora de correr, marcan mi ritmo, son mi contexto.


Enciendo el ordenador para trabajar. Lo primero que conecto, los auriculares. Busco canciones que soy capaz de escuchar en un bucle infinito que aburre a quien percibe parte de los acordes que se escapan de esos minialtavoces.

Subo al coche y, si voy sola, prefiero mantenerlo en movimiento, para que no se aprecie tanto el volumen insano de lo que voy escuchando dentro.

Siempre canciones movidas, muchas veces descubrimientos casuales de series, de sugerencias, de recomendaciones de amigos. Frecuentemente con ritmos rápidos, marcados claramente por baterías o guitarras. A menudo en otros idiomas. De hace diez años o del mes pasado.

Nunca jazz, ni blues, ni similares. Nunca fados. Nunca música "calmada". Nunca música clásica. Nunca cualquier sonido que pueda llevarme a un estado de apatía, de melancolía.

Elijo canción, pulso play y se crea el contexto. Me evado de la canción, y sus ritmos marcan mi cadencia de trabajo, mi evasión del mundo.

Bandas sonoras de  rutinas y de tareas. Pistoletazo de salida para cualquier actividad.