Si no le gustan mis principios, tengo otros, decía Groucho Marx.
Hace poco, en una comida, alguien con más experiencia decía que los principios, la moralidad y la coherencia se dejan totalmente de lado cuando en uno de los platos de la balanza se ponen en juego aquellos que más cerca tienes. Que entre salvarte a ti mismo o al resto, al final, la mayoría hace (¿hacemos?) la vista gorda y nos elegimos a nosotros. Después, eso sí, tenemos excusas, razonamientos y motivos infinitos que nos sirven para hacer que nos sintamos un poco menos mal, que utilizamos para exculparnos. Para justificar aquello que, muchas veces, es cobardía.
Es cobardía también cuando escurrimos el bulto, cuando simplemente optamos por el silencio, por no decir nada. En situaciones sutiles existe la duda razonable de no habernos dado por aludidos. Creemos que hay una pregunta en el aire... y elegantemente, la dejamos flotando. Hay ocasiones en que, tal vez, no fuimos avispados y no la percibimos. Nuestra ingenuidad, ficticia o real, nos sirve de excusa si, en algún momento, nos obligan a confrontarnos con la realidad.
Es cobardía optar por un silencio ensordecedor creyendo que callar equivale a no decantarse por uno de los extremos. La ausencia de respuesta es, en estos casos, siempre elegir el bando opuesto, posicionarse con el pretendido enemigo. Lo que muchas veces no tenemos capacidad para comprender es que, justamente, no hay "enemigos". Es habitual que no haya respuestas "correctas" o "incorrectas". Hay respuestas. Sin más.
Todos podemos plantear preguntas, es nuestro, derecho, por llamarlo de algún modo. Nadie tiene obligación de responder, también es cierto. Contestar es una opción y hacer una pregunta no legitima para exigir respuestas. Eso también es fundamental.
Pero, cuando alguien te hace una pregunta directa y la ignoras por algún retorcido motivo que incluye hacer asunciones sobre lo que la otra persona quiere oír como respuesta, casi nunca es galante, ni considerado ni nada similar. Es cobardía por temer no ser capaz de defender nuestra postura. Cobardía porque ese silencio sigue siendo más claro incluso que una respuesta, pero no da opción a réplica.
Plantear preguntas es un derecho. Contestarlas es una opción.
Si preguntas algo, comprueba antes que puedas estar preparado para todo tipo de respuestas. Si la respuesta que te dan no es la que te guste, lidia con ello tú, el interlocutor no es responsable de tus ansias de información.
Si te preguntan algo y el silencio es una respuesta en sí mismo, al menos, transforma ese silencio en palabras y da una contestación. Es menos cobarde, y no conlleva la obligación de justificarse.
Y, lo más importante, el resultado tal vez sea el mismo, pero la próxima ocasión puede que ya ni te consulten.
Hace poco, en una comida, alguien con más experiencia decía que los principios, la moralidad y la coherencia se dejan totalmente de lado cuando en uno de los platos de la balanza se ponen en juego aquellos que más cerca tienes. Que entre salvarte a ti mismo o al resto, al final, la mayoría hace (¿hacemos?) la vista gorda y nos elegimos a nosotros. Después, eso sí, tenemos excusas, razonamientos y motivos infinitos que nos sirven para hacer que nos sintamos un poco menos mal, que utilizamos para exculparnos. Para justificar aquello que, muchas veces, es cobardía.
Es cobardía también cuando escurrimos el bulto, cuando simplemente optamos por el silencio, por no decir nada. En situaciones sutiles existe la duda razonable de no habernos dado por aludidos. Creemos que hay una pregunta en el aire... y elegantemente, la dejamos flotando. Hay ocasiones en que, tal vez, no fuimos avispados y no la percibimos. Nuestra ingenuidad, ficticia o real, nos sirve de excusa si, en algún momento, nos obligan a confrontarnos con la realidad.
Es cobardía optar por un silencio ensordecedor creyendo que callar equivale a no decantarse por uno de los extremos. La ausencia de respuesta es, en estos casos, siempre elegir el bando opuesto, posicionarse con el pretendido enemigo. Lo que muchas veces no tenemos capacidad para comprender es que, justamente, no hay "enemigos". Es habitual que no haya respuestas "correctas" o "incorrectas". Hay respuestas. Sin más.
Todos podemos plantear preguntas, es nuestro, derecho, por llamarlo de algún modo. Nadie tiene obligación de responder, también es cierto. Contestar es una opción y hacer una pregunta no legitima para exigir respuestas. Eso también es fundamental.
Pero, cuando alguien te hace una pregunta directa y la ignoras por algún retorcido motivo que incluye hacer asunciones sobre lo que la otra persona quiere oír como respuesta, casi nunca es galante, ni considerado ni nada similar. Es cobardía por temer no ser capaz de defender nuestra postura. Cobardía porque ese silencio sigue siendo más claro incluso que una respuesta, pero no da opción a réplica.
Plantear preguntas es un derecho. Contestarlas es una opción.
Si preguntas algo, comprueba antes que puedas estar preparado para todo tipo de respuestas. Si la respuesta que te dan no es la que te guste, lidia con ello tú, el interlocutor no es responsable de tus ansias de información.
Si te preguntan algo y el silencio es una respuesta en sí mismo, al menos, transforma ese silencio en palabras y da una contestación. Es menos cobarde, y no conlleva la obligación de justificarse.
Y, lo más importante, el resultado tal vez sea el mismo, pero la próxima ocasión puede que ya ni te consulten.
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